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Año nuevo por decreto del Zar

Hace 310 años fue promulgado el decreto del soberano ruso Pedro I "Sobre la celebración de Año Nuevo". Conforme a los preceptos gubernamentales, la fiesta de Año Nuevo debía celebrarse anualmente del 1º al 7 de enero.

Dicho decreto del monarca puso a los súbditos en estado de perplejidad. Pedro I no solo instituía una nueva fiesta en Rusia sino que imponía un nuevo orden. A los rusos se les prescribía llevar el calendario no desde la creación del mundo, como estaban acostumbrados, sino a la europea, desde la Natalidad de Cristo. Es decir, ellos se acostaron en el año 7208 pero se despertaron en 1700. En el primer día del nuevo siglo, en la Catedral de la Asunción del Kremlin, se ofició una liturgia presenciada por el "Gran soberano, zar y gran príncipe Piotr Alexeevich, autócrata de Gran Rusia, de Pequeña Rusia y de Rusia Blanca". Después de la liturgia, en la Plaza Roja fue organizadas salvas de artillería y fuegos artificiales. Los patios moscovitas estaban ornados, según la orden, con ramas verdes, diversos emblemas y símbolos, que debían conservarse hasta el 7 de enero. Así en la vida del viejo Moscú entraron los abetos de Año Nuevo.

El nuevo orden no terminó de imponerse tras la fiesta de Año Nuevo. A primeros de enero, en las puertas, postes de los bazares y tapias aparecieron anuncios de que a partir del día de la Epifanía todos los rusos debían llevar en invierno caftanes húngaros y abrigos de piel y en verano, traje alemán y zapatos. Moscú, con muchos sufrimientos, comenzó a cambiar sus viejas prendas habituales por las nuevas, estrechas y cortas. Las mujeres debían llevar corsés y los varones, rasurarse las barbas. El gran soberano transformaba Rusia a la usanza europea y el paso del Año Nuevo de septiembre a enero fue parte de las reformas de Pedro I, dice el historiador Alexey Alexandrov.

Primero, había una marca política general: no a la barba, llevar camisolas y celebrar el Año Nuevo europeo. Además de esto, a Pedro I le gustaba mucho divertirse y festejaba el Año Nuevo en grande: disparaban cañones, escopetas, la gente decoraba sus casas con ramas de abeto, estos árboles ponían en los patios. Pedro visitaba con su séquito las casas de los boyardos y se bebía de una manera que es difícil reproducir ahora. Todo esto iba acompañado de fuegos artificiales. Es un tema, a propósito. Pedro era un gran partidario de los fuegos artificiales, los componía, manejaba retortas y vasos químicos y luego un efectivo del Regimiento Preobrazhenski hacía disparar los cañones formando en el cielo figuras fantásticas.

Como todo lo nuevo, la fiesta de Año Nuevo en enero y no en septiembre no arraigó de una vez. Pedro I se vio obligado a convencer en persona a los boyardos que aseveraban que Dios no podía crear el mundo en medio del invierno. En respuesta el zar les mostraba el globo geográfico y explicaba que el mundo es grande y si en Rusia en enero hace invierno, en el ecuador hacía un verano cálido.

Pero ahora nada puede obligar a los rusos a renunciar a dicha fiesta. Es más, en la Rusia moderna el Año Nuevo se celebra dos veces, la primera vez junto con todo el mundo y la segunda, pasados dos semanas, según el viejo calendario juliano. Y los abetos ornados no permanecen en los hogares hasta el 7 de enero, tal y como ordenaba el decreto de Pedro I, sino hasta el 14 de enero. En esto Rusia sigue su propio camino, no europeo, como quería Pedro el Grande.

Fuente: www.ruvr.ru
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